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Realmente ¿quién es Francizka Radke?

Su formación académica y su experiencia docente en Europa

Franzisca Radke nació en Aquisgrán, Alemania, en 1892, época en la que debido al pleno desarrollo del capitalismo buena parte de Europa había erradicado el analfabetismo y se le concedían los primeros derechos civiles y políticos a la mujer, derechos entre los cuales figuraba la oportunidad de acceder a la educación superior. Ese ambiente social le permitió estudiar en el Liceo y en la Escuela Normal de su ciudad natal donde se graduó como maestra en 1911, tres años después obtuvo el título de Bachiller en el Gimnasio de Colonia; pero su preocupación por consolidar su formación pedagógica y científica también la llevó a cursar estudios universitarios en geografía, a diplomarse como profesora y a doctorarse en filología en Bonn, Berlín y Marburg.

Su vida profesional se inició en un tiempo en el que en Europa se Presentaron rápidas transformaciones económicas, sociales y culturales. A principios del siglo XX la población, por ejemplo, doblaba la de hacía cien años, el desarrollo industrial y comercial se aceleró, los ferrocarriles y carreteras agilizaron el transporte y el telégrafo posibilitó las comunicaciones a grande distancias. Pero también le correspondió presenciar el colonialismo europeo, el horror de la Primera Guerra Mundial, el triunfo de la Revolución Socialista en Rusia, las luchas sindicales, la agitación del nacionalismo, de las ideas social democráticas y los levantamientos obreros orientados por los comunistas. También vivió la universalización del voto y las primeras manifestaciones de emancipación de la mujer, situaciones que en su país se expresaron con mucha fuerza.

Ejerció la docencia en el Liceo de Frankfurt, en la Escuela Normal de Danzig y en Bottrop en medio de esa convulsionada atmósfera social, y evidenciando su compromiso con la educación del pueblo, se vinculó a la Universidad Popular donde se desempeñó como profesora de literatura. Simultáneamente cursó estudios de Pedagogía y Psicología en Münster. Y como lo mostró la doctora Ingrid Muller de Ceballos en su libro la lucha por cultura, la profesora Franzisca Radke recibió la influencia de la Constitución de Weimar, por tanto cuando llegó a Colombia además de su formación pedagógica venía convencida de la mportancia de fomentar la igualdad de derechos civiles e intelectuales de hombres y mujeres, de la importancia de la libertad de enseñanza y de que el Estado debía ser quien dirigiera la educación.

La llegada de Francisca Radke: Bogotá en los años veinte

La venida de Franzisca Rade a La venida de Francira Radke a nuestro país se produjo cuando atendiendo a una de las recomendaciones de la Segunda Misión Pedagógica Alemana, (1924 – 1926), el gobierno nacional le encomendó a Miguel Jiménez López embajador de Colombia en Berlín, contratar seis profesores católicos para que se pusieran al frente de un Instituto Pedagógico en Bogotá donde se pudieran educar con métodos de enseñanza modernos algunas señoritas de diferentes regiones del país.

Fue así como en 1926 la pedagoga alemana llegó a dirigir la institución junto a las profesoras María Hasebrink, Karolina Schmitz, Gertrud Fuesers y los profesores Richard Ostermayr y Hans Huber, a quienes el gobierno encomendó la organización administrativa y pedagógica del plantel.

Pero los profesores alemanes encontraron en Colombia unas condiciones sociales muy diferentes a las europeas. En los años veinte la mayor parte de los centros urbanos aún eran pequeños caseríos a los que se llegaba por caminos de herradura y en las zonas rurales, donde se concentraba la mayor parte de la población la vida cotidiana transcurría en unas condiciones muy similares a las de la época colonial. Por tanto, a lo largo del siglo XIX la educación no mostró cambios significativos sino en algunas ciudades. La formación escolar de las mujeres de clase alta se empleaba para prepararlas para dirigir las labores del hogar y para promover obras de servicio social mientras que una de las pocas oportunidades laborales que tenía la mujer de la naciente clase media era ser maestra.

Si bien en la segunda década del siglo XX Bogotá era el principal centro político del país y empezaban a consolidarse las primeras industrias, esta ciudad no alcanzaba a tener 200.000 habitantes y aún conservaba el ambiente semicolonial heredado del siglo anterior. A pesar de la ampliación de las líneas férreas, de la construcción de las primeras carreteras y de la llegada de la aviación, la capital de la república se encontraba prácticamente incomunicada de las demás regiones y del exterior. Con un sector industrial incipiente y un ritmo de vida provinciano, sus habitantes aún veían llegar las recuas de mulas cargadas de víveres al centro

de la ciudad, los señores andaban a caballo lucido vestidos al estilo inglés y el pueblo con ruana, sombrero y alpargatas excepcionalmente hacía uso del tranvía.

 

La coeducación que en Europa se estaba promoviendo desde finales del siglo XIX, aquí se prohíba con el argumento de que era inadecuada para la formación moral de los estudiantes. A la mujer se le preparaba solamente para que atendiera las labores domésticas, su pudor estaba bajo la tutela de la familia y del clero, carecía de derechos políticos y tenía pocos espacios de participación social. Y como los roles asociados de género estaban tan diferenciados, habla marcadas diferencias entre la educación masculina y la femenina. La educación secundaria, por ejemplo, tenía una cobertura mínima y las pocas niñas que tenían acceso a ella recibían una instrucción que se reducía a lectura, escritura, nociones de geografía e historia, economía doméstica y eran adiestradas para realizar labores como costura y bordado.

 

Además, la Constitución Política de 1886 y el Concordato firmado con la Santa sede al año siguiente le otorgaban a la iglesia católica amplios privilegios en la educación. Por tanto, la organización académica del Instituto Pedagógico Nacional para Señoritas que se le encomendó a Franzisca Radke estaba condicionada por las disposiciones oficiales, por la aprobación de las altas jerarquías eclesiásticas y por las restricciones que los valores sociales y culturales de los años veinte le imponían a la educación. Pero a pesar de esas limitaciones y de las dificultades que tuvo que afrontar para organizarlo, Francizca Radke logró que en pocos años fuera reconocido como uno de los principales centros educativos del país, destacándose por la formación que le ofrecía a jovencitas de diferentes regiones colombianas.

 

Para iniciar la organización del plantel Francisca Radke tuvo que soportar muchas dificultades, pues como ella misma lo señaló “el Instituto Pedagógico abrió el 9 de marzo de 1927, sin luz, sin agua, ni mobiliario. Se dormía sobre colchones colocados en el suelo; la noche se alumbraba con espermas y más tarde con lámparas de petróleo; la Avenida de Chile estaba todavía sin urbanizar, y el mismo barrio de Chapinero tan lejos de Bogotá como cualquier otra ciudad”. Pero con el espíritu emprendedor que la caracterizó y siguiendo las recomendaciones del movimiento de la Escuela Activa, en pocos años organizó un colegio campestre ajustado técnica y estéticamente a los requerimientos de un establecimiento educativo moderno para ofrecerle a la mujer formación pedagógica dentro de las concepciones de la Escuela Activa.

 

Franzisca Radke estuvo en la dirección del colegio hasta -1935, periodo en el que se adelantaron obras que iban desde la instalación de los servicios públicos, la adecuación de espacios para la recreación, la organización de la biblioteca y de los laboratorios hasta la creación de la escuela anexa y el jardín infantil para que las alumnas del Instituto adelantaran sus prácticas pedagógicas. La Escuela Anexa, por ejemplo, fue edificada entre |1927 y 1929, en 1932 la nación compró el resto de la manzana para ampliar la planta física y en 1933 se construyeron el Jardín Infantil y las residencias para alumnas y profesoras. Los equipos para el gimnasio y los laboratorios fueron importados de Estados Unidos y Alemania, pues en el

País aún no se producían. Y en los patios, además de prados y jardines, se adecuaron espacios para la horticultura, la gimnasia y la práctica deportiva.

 

Siguiendo las orientaciones de la Escuela Activa, Francisca Radke consideraba que además del desarrollo del plan de estudios, el ambiente escolar era un recurso educativo que debía ser aprovechado para fomentar la formación estética y moral del estudiante. Y como las alumnas del Instituto eran internas buscó que su permanencia en el colegio les resultara cómoda y agradable. Por eso le concedió atención particular a su decoración, pues procuró generar un ambiente escolar apropiado para unas niñas que venían de diferentes regiones. Los ocho años de su gestión en la dirección del plantel fueron suficientes para que el Instituto

Pedagógico Nacional lograra destacarse por la formación que estaba ofreciendo, pues por esa época llegó a ser considerado uno de los colegios oficiales mejor organizados del País.

Como en la ciudad no había muchos maestros formados dentro de concepciones educativas modernas y los pedagogos alemanes no eran suficientes para atender las labores académicas del Instituto Pedagógico, Franzisca Radke se apoyó en docentes del Gimnasio Moderno. Su vecindad con ese colegio permitió la vinculación de varios de ellos al instituto Pedagógico Nacional para Señoritas. Manuel Piquero y Henry Yerly, por ejemplo, hablan sido contratados por el Gimnasio Moderno en Europa por haber sido formados dentro de orientaciones pedagógicas modernas, y otros, como Tomás Rueda Vargas y Rafael Mallarino, conocían las propuestas de la Escuela Activa, pues en el Gimnasio Moderno se estaban aplicando desde su fundación en 1914.

 

Su aporte a la educación de la mujer colombiana

 

En los años veinte la cobertura de la educación en Colombia era mínima, la mujer tenía pocas posibilidades de acceder a la educación secundaria y los estudios universitarios estaban reservados solamente para los hombres. Además, el bachillerato femenino era diferente al masculino. Dentro de los patrones culturales de la época las pocas mujeres que lograban cursar estudios recibían nociones básicas de algunas disciplinas, clases de costura y bordado, de economía doméstica e historia sagrada, pues los planes de estudio estaban orientados a que aprendieran a desempeñarse como madres y esposas. La única educación especializada que reciban se limitaba a la escuela normal, pues ese oficio se consideraba la prolongación de su labor en el hogar ya que su espíritu maternal las hacia aptas para ejercer la docencia.

 

Por eso el colegio abrió sus puertas en 7927 con 69 alumnas pero en 1935 ya contaba con 850. Para seleccionarlas Franzisca Radke convocó a un concurso público donde hizo un examen que arrojó pésimos resultados. Pero la pedagoga consideró que las aspirantes de mayor calificación debían ser admitidas, pues afirmaba que los malos puntajes no se debían a la falta de capacidad intelectual de las muchachas sino a que no estaban acostumbradas a ese tipo de pruebas. Para apoyar esa decisión argumentó que en las entrevistas había notado que venían de un sistema educativo deficiente, pues los locales de las escuelas eran inadecuados, carecían de materiales didácticos y los métodos de enseñanza enfatizaban la

memorización. Por eso ofrecerle una formación pedagógica y científica a la mujer, como la que se impartió en el Instituto Pedagógico, habilitándolas para ingresar a la universidad, era una propuesta novedosa para el país.

 

Pero también extendió su labor a las maestras colombianas. Como en ese periodo se veía la necesidad de ampliar la cobertura de la enseñanza secundaria, pero el país carecía de profesores para impartirla, en 1930 abrió cursos complementarios para actualizar pedagógicamente a las maestras bogotanas, programa que en 1933 extendió a profesoras de otras regiones. Además, se preocupó por que en el jardín infantil y en la escuela anexa del instituto se ofreciera educación preescolar y primaria con concepciones de enseñanza modernas, pues además de ser los centros de prácticas de la sesión pedagógica, esas dependencias debían servir como modelo de organización escolar para las alumnas de secundaria y para las maestras de los cursos complementarios.

 

En 1935 el instituto Pedagógico Nacional había empezado a otorgar títulos, y gracias a su calidad académica y a unas becas que concedió el gobierno colombiano, varias egresadas viajaron a Alemania a continuar sus estudios universitarios, y otras aspiraban ingresar a la universidad, lo cual era una novedad en los años treinta. Y como por esa época el gobierno nacional creó la Escuela Normal Superior, institución que abrió sus puertas en 193ó, ofreciéndole a la mujer la posibilidad de cursar estudios de licenciatura para atender la demanda de profesores que reclamaba la ampliación de la cobertura educativa, Franzisca Radke regresó a su país, donde continuó ejerciendo la docencia con la satisfacción de haber cumplido la misión para la cual fue contratada.

Su segunda venida al país:

 

la creación de la Universidad Pedagógica Nacional

 

A la entrada del edificio A de la Universidad Pedagógica Nacional se encuentra una placa que señala que ese bloque se empezó a construir bajo la administración de Lauriano Gómez en 1952 y se terminó en 1955 durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, periodo en el que la violencia política y el desarrollo económico y social aceleraban el crecimiento urbano, especialmente en Bogotá. La edificación debía ser la sede de la Escuela Normal Universitaria que el gobierno de Gómez se propuso crear en el instituto Pedagógico Nacional para delegar parte de la función de la Escuela Normal Superior, pues como una expresión del sectarismo político de la época, algunos dirigentes presionaron el cierre de esa institución a pesar del

papel que había jugado en la formación del magistrado colombiano durante buena parte de la hegemonía liberal.

Quienes promovieron el cierre de la Escuela Normal Superior consideraban inconvenientes varios aspectos de su organización en la formación del magisterio. La coeducación y la tolerancia religiosa, por ejemplo, fueron consideradas peligrosas para el orden establecido; por eso una de las tareas que se le confiaban a la nueva institución era formar a las profesoras en una institución católica y femenina. En la Escuela Normal Universitaria se debían preparar las mujeres que anteriormente ingresaban a la Escuela Normal Superior mientras que los hombres debían hacerlo en la Universidad Pedagógica de Colombia que se organizó en Tunja. Por eso en medio de la tensión política de los cincuenta el gobierno esperaba que la Escuela Normal Universitaria tuviera los niveles de calidad de la institución que desaparecía.

Reconociendo la labor que Francisca Radke habla desempeñado en el Instituto Pedagógico Nacional para señoritas veinticinco años antes, el gobierno envió a Rudolf Hommes a Alemania para que la contratara nuevamente para que asumiera la dirección de la Escuela Normal Universitaria. Pero a mediados del siglo XX las condiciones del país eran muy diferentes a las que la pedagoga conoció durante su primera estadía. Las actividades industriales y comerciales habían crecido, los conflictos políticos había polarizado a los seguidores de los partidos, durante los gobiernos liberales se le habían empezando a otorgar los primeros derechos civiles a la mujer y se habían iniciado programas para ampliar la cobertura educativa y mejorar los métodos de enseñanza en la escuela primaria.

Pero además de diseñar la estructura académica y administrativa de la Escuela Normal Universitaria, la labor de Francisca Radke se extendió al Instituto Pedagógico Nacional, ya que como ella misma lo señaló, cuando volvió al país se encontró con que la obra que habla iniciado veinticinco años antes se encontraba en un estado de deterioro muy grande, pues en un informe que elaboró cuando regresó a Colombia señalaba que:

“el edificio que fue montado con lujo y constituyó el orgullo de la nación hace 25 años, no

ha recibido desde 1935 ninguna refacción ni pintura. La obra de madera, por consiguiente,

se ha rescatado y torcido. Las paredes han perdido los pañetes. Las piedras areniscas en su

mayor parte, se han desgastado en el vestíbulo por el paso de miles de pies. El entablado se

encuentra en pedazos (…) Los techos de las aulas formados de un material de lona endurecida con una pasta semejante a pañete arenosa y que por los goteras ha cedido, ha dejado el zarzo al descubierto. (..) El estuco del vestíbulo y ha caído. El vitral de la entrada, parte bellísima de la casa ha descolorizado en tal forma que apenas se distingue el contorno de las figuras. La parte más deteriorada y que inspira repugnancia son los baños sanitarios.(…) El mismo estado de cosas existe en las escuelas anexas de la calle 73 y del Nogal, edificaciones de propiedad de la nación” .

Por tanto, además de la organización de la Escuela Normal Universitaria su regreso al País la obligó a trabajar en la recuperación de la obra que había realizado entre 1927 y 1935. En ese momento la labor resultaba particularmente difícil, pues la violencia política que estaba padeciendo el país hacía que las orientaciones de la educación chocaran con la oposición de dirigentes de uno u otro partido. A pesar de tener que afrontar esa situación, su gestión a mediados del siglo se orientó a impulsar nuevamente los métodos de la Escuela Activa en el

Instituto Pedagógico. También reorganizó el espacio físico del plantel, convocó a las profesoras a reuniones para discutir sobre asuntos pedagógicos y dispuso que se escribieran circulares a los padres de familia para informar sobre las actividades escolares que se desarrollaban allí.

Volvió a integrar el Jardín Infantil y las Escuelas Anexas a la vida académica del Instituto Pedagógico estructurando una propuesta educativa Para la mujer que se iniciaba en el Jardín Infantil y llegaba hasta la universidad, pues una de sus preocupaciones fue darle prelación a las alumnas que iniciaban su vida escolar allí al momento de otorgar cupos en las escuelas anexas y en la sección pedagógica.

En 1953 creó el Instituto de bachillerato que debía servir de centro de práctica de la Escuela Normal Universitaria. Esta última dependencia paso a ser el centro de la estructura pedagógica de las demás secciones y desde 1955 se empezó a denominar Universidad Pedagógica Nacional Femenina. Pero su anhelo fue que todas las dependencias sirvieran como modelo de organización escolar para las demás instituciones educativas oficiales del país.

Durante el periodo en que estuvo a cargo de la Universidad Pedagógica Nacional fueron creadas cinco facultades con programas que se cursaban en cuatro años, se organizaron el instituto de bachillerato y el instituto Pedagógico con una escolaridad de seis años, además de las tres escuelas anexas para ofrecer formación primaria y del Instituto de Educación Preescolar. Todas estas dependencias debían servir para realizar prácticas pedagógicas y como modelo de organización de escuelas modernas. Y como una de sus políticas fue que la

orientación educativa tuviera continuidad, al otorgar los cupos se preocupó por darle prelación a las alumnas que habían iniciado su formación escolar allí. Fue así como entre 1952 y 1957 logró dejar organizado un programa educativo que partía cuando las alumnas iniciaban su vida escolar y culminaba con programas de formación profesional para la mujer.

 

Epílogo

La labor de Francisca Radke en la creación de dos instituciones especializadas en la formación del magisterio colombiano ha pasado casi desapercibida en la historia de la educación, pero como se señala un informe elaborado en 1955 luego de una inspección del Ministerio de Educación a la U.P.N. “se deja sentir la influencia de la Rectora de la Universidad Pedagógica, Dra. Franzisca Radke, quien constantemente está supervigilando la marcha de los establecimientos de su dependencia como la del Instituto; su severidad, su responsabilidad y su sentido comprensivo para todos sirve de ejemplo edificante para las alumnas y aún para las profesoras”. Pero su huella quedó plasmada en Colombia con la organización de la primera institución para la formación del magisterio colombiano que logró sobrevivir a las divergencias políticas que impidieron la continuidad a las instituciones que se crearon con el mismo propósito desde el siglo anterior.

 

Su regreso a Alemania en 1957 se produjo a raíz de la caída de Rojas Pinilla y de las conversaciones entre dirigentes liberales y conservadores para iniciar el Frente Nacional. En ese momento los estudiantes universitarios organizaron movilizaciones para presionar la renuncia del general y unos días después algunas alumnas de la universidad motivadas por esas manifestaciones la asociaron con la dictadura. Desconociendo su labor en favor de la educación de la mujer la acusaron de autoritarismo y se opusieron a que una pedagoga extranjera estuviera al frente de la Universidad Pedagógica Nacional y organizaron y paro que contó con el apoyo de estudiantes de las universidades Nacional, Libre y Externado y

por los periódicos El Tiempo y El Siglo. Ante esa situación, y a pesar del apoyo de profesores y la mayor parte de las alumnas, Franzisca Radke renunció y regresó a su país.

Pero el espíritu progresista de una mujer formada dentro de la Constitución de Weimar se evidenció en su compromiso con la lucha por los derechos de la mujer.

Fue así como trabajo con la idea de profesionalizar la labor docente de la mujer, idea que acarició desde su primera venida al país, y que manifestó cuando escribía que; “Dada la escasez de profesionales femeninas en el país, hemos pensado poder abrir a las hijas de la clase media una nueva carrera, la de institutriz de los niños experta, competente y capaz de remplazar a la nurse extranjera; y que permita por otra parte terminar con la odiosa costumbre de entregar los niños extranjeros al cuidado de una sirvienta ignorante. Una vez que exista un número mayor de estas señoritas, deberían reunirse en un centro especial para defender sus intereses sociales, morales y fiscales, y ofrecer a las familias interesadas la posibilidad de servicios vigilados por el mismo grupo de profesionales” .

 En su País y a la edad de 65 años empezó a recibir su pensión de jubilación¡ pero su interés por las actividades académicas relacionadas con la educación la llevó a continuar escribiendo textos de pedagogía y de geografía, actividades que le permitieron viajar a otros países europeos y a Estados Unidos. Sus ultimos años los pasó en la ciudad de Boppard, pero nunca perdió contacto con algunas de las discípulas de las instituciones que organizó en nuestro país, Pues muchas de ellas siguieron recurriendo a sus consejos, y como evidencia del aprecio que le ofrecieron y luego de su muerte, ocurrida en 1985, su hermana María recibió tarjetas de varias alumnas colombianas quienes al enterarse de su fallecimiento, le escribieron para expresarle sus sentimientos condolencias por la muerte de su maestra, la doctora Franzisca Radke.